Roger Alan Koza *
En este artículo, Roger Alan Koza analiza la actualidad del cine argentino a través de tres películas filmadas recientemente: Salamandra, La sangre brota y La león. No apto para ortodoxos y adictos a posturas tradicionales.

Fue antes de la catástrofe del 2001 y un poco después, cuando el público, o como se dice ahora, la gente, aceptaba ver películas argentinas de todo tipo y no solamente, como ocurriría más tarde, las que estaban asociadas al mundo televisivo. El llamado Nuevo Cine Argentino se pavoneaba, pues era reconocido en los festivales extranjeros más importantes del mundo y en su propio país dejaba de estar en los márgenes. Se veía cine argentino porque “estaba bueno”.
Pero pasó un tiempo y el público cerró los ojos. No era que el cine había dejado de “estar bueno”. Después del 2002, hubo películas importantes, en todos los géneros, también películas de autor; los directores rutilantes que asomaron a mitad y final del siglo pasado, Lisandro Alonso, Lucrecia Martel, Pablo Trapero, Martín Rejtman, Albertina Carri demostraron que eran cineastas y no jóvenes con suerte.
Algunos realizadores de otras generaciones volvieron con películas que cuestionaban y problematizaban el orden simbólico y económico dominante de la década del ‘90, orden que una supuesta multitud politizada había derrocado al golpe de cacerolas. Así, los nuevos documentales de Pino Solanas ya no invitaban a un levantamiento revolucionario como a fines de la década del ‘60, sino a una suerte de purga simbólica en función de conjurar lo que él ha denominado “colonialismo mental”. El disciplinamiento neoliberal secretamente piensa por nosotros. Quizás Lugares comunes (2002), de Adolfo Aristarain, condensaba el espíritu de época mejor que ninguna otra película, una de las pocas películas de ficción que se propuso interrogar el presente atravesado por la historia.
Y es aquí en donde hay que problematizar la ficción tanto del Nuevo Cine Argentino como del cine popular e industrial, esta última una categoría bastante equívoca, si se la examina con cuidado. En efecto, en su reiterada imposibilidad de proponer narrativas capaces de incorporar lo histórico y lo político, no como un mero contexto o fondo impreciso aludido a través de algunas imágenes o iconografía reconocible, sino como aquello que constituye y condiciona la subjetividad de los personajes y sus vínculos, como sus modos de estar en el mundo, subyace la debilidad de nuestra cinematografía.
Sin dudas, los documentales parecieran desmarcarse de este padecimiento paradigmático. Se supone que al estar en búsqueda de una representación más “real”, habría un deber metodológico de lo que se predica un mayor rigor sociológico. Pero no siempre es así, y hay ejemplos numerosos de cómo muchos documentales se agotan en el ejercicio descriptivo; teóricamente pusilánimes y políticamente pasivos a la hora de desoír al sentido común y hacer hablar entonces al tenue pero operativo discurso dominante, ese que naturaliza el status quo, los documentales también padecen de una discreta pereza formal.
Es ostensible: el documental es un género imprescindible, pero en nuestra sociedad del espectáculo, es un género menor, fugitivo, periférico aunque necesario. Películas como M (2007), de Nicolás Prividera, Trelew (2004), de Mariana Arruti, o Corazón de fábrica (2008), de Ernesto Ardito y Virna Molina, indican que hay madurez estética y bravura política. Pero el público elige la ficción.
Dado que el mundo se ha convertido en un espectáculo generalizado es en la ficción en donde hay que combatir la saturación inescrupulosa de imágenes que nada dicen del mundo porque hacen de él un lugar sin alteridades y fisuras. Se trata de una operación paradójica por la que la ficción cinematográfica desordena y subvierte en sus propios términos los efectos no ficcionales de toda ficción. Es un poder prodigioso del cine.
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* Programador del Festival Internacional de Cine de Hamburgo y jurado del Festival de Mar del Plata. Crítico de cine en el diario La Voz del Interior y columnista cinematográfico de Invento Argentino, Rock and Pop (Córdoba). Autor de Con los ojos abiertos: crítica de cine de algunas películas recientes,“El inconsciente de las películas”, en el libro colectivo Arte y psicoanálisis, y Cine y Pensamiento: las charlas de Mar del Plata.
Año V
Número 28