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Prometheus

Editorial
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Cartas de Lectores
Las Sobras
Ficciones Nacionales

Roger Alan Koza

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Goetz es un profesor de Bridge pero trabaja como taxista. Debe ser uno de los tantos hombres de clase media que se prepararon para algo y culminaron sus vidas en taxis o remises. Su mujer también es profesora. Viven en una casa que sugiere un pasado económico distinto. Uno de sus hijos vive en Houston aunque desea volver. Su otro hijo, interpretado por Nahuel Pérez Biscayart, está a la deriva. Además hay otros personajes: una adolescente que reparte folletos de un local de reparación de celulares, la dueña de ese negocio y su bebé, y un empleado de unos 40 largos, que parece estar enamorado de la teen. Se suman a este elenco de desorientados, dos clientes fijos de Goetz, quienes quizás trafican con drogas, o algo por el estilo. Sin dudas, la heterogeneidad se reúne bajo un grupo social específico, devenido a menos, pauperizado. Es la clase media decadente, diagnóstico que se completa con la precedente denuncia sobre la educación pública de su primera película, El asaltante.

Pero hay situaciones inverosímiles y gratuitas: un posible abandono de una criatura, inexplicable respecto de la lógica del mismo personaje; una suerte de envenenamiento absurdo que sólo está para que el título se justifique; una paliza excesiva que también parece inapropiada y refuerza el nombre de la película. En otras palabras, La sangre brota se constituye en fragmentos que no llegan a vincularse con fluidez y lucidez, pues carece de una articulación política capaz de resignificar lo que sí describe e intuye como síntoma social.


La león
, de Santiago Otheguy, pretende explorar un estilo de vida, el de los isleños, en ese Tigre que aquí se muestra arcaico y salvaje, detenido en el tiempo y sin atisbos de progreso alguno. Es un mundo feroz y opresivo, una sociedad organizada por tareas impuestas por la propia naturaleza, también amenazada por la llegada de los otros del Norte, los misioneros, que vienen a robar maderas mientras los originarios apilan juncos y cada tanto festejan las proezas de su propio equipo de fútbol.

Es éste el escenario elegido por Otheguy para explorar también una experiencia sobre la homosexualidad que nada tiene que ver con lo gay, figura naturalizada en nuestro imaginario colectivo. Así, la vida del junquero Álvaro y uno de los líderes de esta comunidad, el Turu, quien maneja una lancha de pasajeros, El león, serán los protagonistas casi excluyentes de un drama erótico.

Formalmente ambiciosa y conceptualmente difusa, La león no siempre consigue equilibrar su voluntad poética con su voluntad narrativa. Hay pasajes logrados. Otheguy, por ejemplo, constituye un único plano en profundidad de campo, en el que se ve el cuerpo desnudo de Álvaro duchándose tras un partido de fútbol mientras el Turu espía sutilmente por el espejo. Sin decir nada, establece el deseo de un personaje por otro, y también indica el estado civil de uno de ellos. Otra escena muestra poéticamente la muerte de un viejo, y evidencia el ostensible talento del realizador.

El problema de La león es cómo aproximarse al otro inconmensurable. No se trata de la dificultad de un director argentino que vive en Francia, sino la de una generación de cineastas, pertenecientes a una clase específica, cuyo conocimiento sobre la clase trabajadora y la vida en los márgenes no supera el sentido común. Es que para ahondar en las raíces de la xenofobia, la homofobia y el racismo hace falta una clarividencia sociológica que no se zanja con buenas intenciones. Será por eso que el plano general predomina en la película. La distancia revela tanto respeto como lejanía. Probablemente, el síntoma de una impotencia para imaginar la vida de los otros.

Salamandra, La sangre brota y La león constituyen tres modelos de ficción que predominan en el cine argentino contemporáneo. El film de Agüero patentiza lo histórico y político a través de los comportamientos y los vínculos. El film de Frendrik presiente lo histórico y lo político como síntoma a través de las conductas explosivas de sus personajes pero lo que empuja y hace brotar la sangre no se enuncia. El film de Otheguy, finalmente, describe e imagina un mundo, pero se aproxima a éste como si la historia estuviese suspendida y desprovista de un trasfondo político. En otras palabras, la mayoría de las películas argentinas, y estas tres constituirían tres modelos posibles, oscilan entre lo analítico genealógico (Salamandra), lo intuitivo crítico (La sangre borta) y lo descriptivo acrítico (La león). Mientras tanto, el gran éxito del cine argentino de este año
se llama Un novio para mi mujer. Una historia de amor que transcurre literalmente en
el limbo.



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Año V
Número 28

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