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Editorial
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Cartas de Lectores
Las Sobras
Fé ciega

por Esther Cross

Viene de Nota de Tapa |Comentá sobre este artículo


La época de las imágenes robadas -o capturadas, tales los términos- parece haber quedado atrás. En 1980, cuando Sartre agonizaba en terapia intensiva del hospital Broussais de París, alguien le sacó una foto desde una ventana. Medio borroso y un poco fuera de foco, se veía el cuerpo conectado a un panel lleno de cables vitales. Hoy nadie esperaría una foto robada sino un retrato consentido, adentro mismo del cuarto. Cuando ya no es inocente, la mirada tiene un hermano siamés: el mostrar.

En una época visual, el mostrar está en su esplendor. A la saturación de imágenes le corresponde un exhibicionismo que vale la pena observar. En un mundo que le tiene fe ciega a la mirada como prueba de verdad -se ve para creer y en eso que se ve anida la verdad- parece que quien muestra es más sincero que quien no. Para pensarlo.

La mirada, abarcadora, agota el mapa, la vida personal y hasta la cara plena o semiplena de la luna y los planetas. Es la carrera visual. Pero la mirada que ya no es inocente se niega a conformarse con esa conquista extensiva y quiere llegar al fondo de todo.

En Nueva York, hace cinco años, se puso de moda asistir a los talleres de Somanautics. Son talleres de bisección de cadáveres, abiertos al público -que pueda pagar. Su fundador se define como un carnicero zen y asegura que al ver las capas que conforman el cuerpo se descubre, también, la complejidad de la vida humana. Pero en el mundo de la mirada que no es inocente no hay ver sin mostrar. Los cadáveres con que se trabaja en Somanautics son cuerpos donados al proyecto. Lo mismo sucede con los cuerpos que se exhiben -literalmente- en Bodies.

La mirada no sólo ve imágenes sino que también sirve para leer. Las mesas de novedades de las librerías abundan en novelas autobiográficas escritas por autores que antes publicaban ficción. Hace unos días se descubrió que la autobiografía de Margaret Seltzer, una norteamericana que contaba su vida en las pandillas de Los Angeles, es totalmente falsa -el nombre Margaret Seltzer también lo es, claro. Seltzer, que en realidad creció en un barrio de clase media alta del Valle de San Fernando, escribió una historia y mintió -a su editor, a su agente y al público- para venderla. ¿No es paradójico? ¿Escribir una autobiografía falsa? ¿Convertirse en un personaje pero negar que se trata de una novela? ¿Querer mostrar -no contar- hasta lo que no existe? Quizá escriba un libro diciendo cómo lo hizo. Eso sería realmente autobiográfico. No sé si estos episodios son el resultado o la causa de que ahora se diga que la ficción no vende. Porque la cosa es mostrar. De golpe, algunos libros se convierten en fotos o, mejor dicho, en ese tipo de fotos en que todo salta a la vista -sin dimensiones, fotos que sólo quieren mostrar.

Curiosamente, en la época del mostrar, Taryn Simon, considerada una de las mejores fotógrafas del mundo, pone en tela de juicio esa fe ciega en la imagen como fuente de la verdad.

En The Innocents, su primera colección, Taryn Simon sumó los retratos de personas que cumplieron años de reclusión por crímenes en los que no tuvieron nada que ver. Todos fueron "reconocidos" por sus víctimas por medio de fotografías. En su libro, Simon señala que "Las identificaciones se basan en el supuesto de la precisión de la memoria visual. Pero la memoria del testigo ocular puede cambiar al hallarse expuesta a identikits, fotos y ruedas de reconocimiento". Taryn Simon da un ejemplo: una víctima va a la comisaría. Le muestran una serie de fotos. "Dos horas más tarde, vuelven a mostrarle las fotos y después la re-presentan ante las fotos una vez más. El hecho de reconocer una foto repetida se confunde con el recuerdo del verdadero atacante, aun cuando no hay recuerdo de ese atacante. La fotografía, utilizada fuera de contexto, podía alterar, dañar seriamente la vida de alguien. También quedó en claro el poder de la fotografía".

La otra colección de Simon se llama An American Index of the Hidden and Unfamiliar y es una serie de retratos que muestran el lado oculto de la vida norteamericana. Ejemplos: la tapa de la versión en braille de PlayBoy, un enfermo de cáncer que obtuvo su receta para una dosis letal de Nembutal, cuatro tipos de Ku Klux Klan, una osa que hiberna, un submarino nuclear, un frasco que contiene el virus del SIDA y una explosión en medio de la nieve para evitar avalanchas espontáneas. Taryn Simon entra en esos lugares con autorización y no roba fotos. Logra que la gente y las cosas que habitan el submundo se presenten en cámara. Taryn Simon prendió la luz del submundo que habitan en esta época en que supuestamente se fotografía todo. ¿Cómo llegó hasta allí? Seguramente preguntándose qué es lo que se oculta, cuál es la masa del iceberg, lo que nada al fondo.

En su prólogo al libro An American Index of the Hidden and Unfamiliar, Salman Rushdie agradece a Simon por meterse en lugares a donde él no se hubiera animado a entrar y volver con una foto para contarlos; por no dejar que esas personas y situaciones se escapen "como vampiros o cucarachas"; por plantear la pregunta sobre "cuál es el mundo fantasma y cuál es el real"; porque la verdadera democracia necesita visibilidad y Simon hace visible lo escondido en nuestra "época de secretos". Nuestra época de secretos coincide, así, con nuestra época de exhibir, nuestra época de mirar y de mostrar. A la ley de la oferta y la demanda se le puede oponer la ley de la oferta y la pregunta. Cuestionar y contar.

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Ilustraciones de Leticia Paolantonio



Año IV
Número 25

NOTA de TAPA


Esther Cross.
"Fe ciega"

Lucas Misseri.
"El panóptico:
la mirada y el poder
"


Nahuel Haupt.
"El voyeurismo cultural"

Entrevista
"Festival Sexual"
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