Esteban Guío

Nora Correas nace en 1942 en Mendoza, Argentina. En 1966 egresa de la escuela Superior de Artes Plásticas de la Universidad de Cuyo. Una beca del Fondo Nacional de Bellas Artes le permite continuar sus estudios en Buenos Aires, a cargo del pintor Juan Beatlle Planas, produciendo obras bidimensionales. A partir de 1969, se dedica al arte textil. En 1970 y durante tres años dirige un taller en Río de Janeiro.
Poco a poco irá pasando del plano al volumen y de la representación a la constructividad, cambiando tapices por objetos. La dictadura de 1976-1983 tiene gran influencia en la obra de Nora Correas, comenzando a trabajar lo volumétrico multimaterial y finalmente desembarcando en la instalación.

En gran parte de su obra, la artista nos muestra la problemática de la existencia humana proponiendo una nueva estimación del mundo espiritual. Intenta una búsqueda de significados para la vida, oponiendo en su temática naturaleza y cultura. “Con los ojos abiertos” es una instalación que nace justamente de interrogarse por el sentido de la propia existencia, pero que nos lleva a pensar en una enorme multiplicidad de significados posibles.
En un espacio amplio (3m. x 11m. x 6m.) se distribuyen tres elementos escultóricos de gran tamaño. Todos son realizados en hierro, similares a chalecos-armaduras y formalmente semejantes a vestidos femeninos. Los dos chalecos de los lados contienen hormigueros y sus habitantes recorren el espacio entre los volúmenes de hierro. En el interior del chaleco central se puede observar, sobre una escalinata, una única hormiga que, si bien es idéntica a las otras, la vemos magnificada a través de una lupa.
El solo hecho de atravesar un espacio de estas características nos hace responsables de elegir. Posibilita dar un sentido en donde la importancia de los distintos elementos de la instalación, excede lo que cada uno de ellos pudiera representar. Las significaciones serán la inevitable consecuencia de las asociaciones, de las particulares relaciones que los espectadores generen en un acto libre de recepción, desde los objetos.
De esta manera, la artista da la posibilidad al espectador de ser protagonista, colocando al sujeto en un dialogo directo con la obra. La libertad en el desplazamiento a través del espacio, hacen del receptor, no solo un libre creador de sentido, sino también parte constitutiva de la instalación. 
El hombre actual, saturado de estímulos de todo tipo, parece haber perdido toda capacidad de asombro. La reflexión acerca de lo percibido suele ser cada vez menos necesaria. Pero el lenguaje de la instalación, compromete al visitante ha completar la obra. Las soluciones comunicativas no están dadas previamente en la rigidez de ningún código. La comprensión de lo nuevo nos obliga a pensar. Es de esta forma, como somos inducidos a reflexionar, relacionando los objetos con nuestro entorno cognitivo. Cualquiera sea la solución abordada, el ejercicio se cumple.
Este proceso productivo no acaba hasta que el visitante realiza su recorrido, lo que causará variabilidad en lo relativo al limite temporal de la obra, con los diferentes receptores activos. Esto significa que no se arriba a su final, mientras sigan existiendo receptores que la visiten. La obra es abierta a constantes combinaciones y no se cierra en sí misma.
Correas construye la obra desde la representación del cuerpo, en este caso generado a partir de los chalecos, y ésta se encuentra acabada con la conexión del cuerpo del receptor. Los chalecos no son volúmenes cerrados, sino que están abiertos y generan un espacio interno, sugieren contener un cuerpo inexistente. Un cuerpo ausente que comunica más allá de su presencia, al igual que la artista. El material y tamaño de los objetos, parecen hablar de un enorme vacío. El hierro nos coloca en una situación de inquebrantabilidad, pero la apertura de los volúmenes, permiten una aparente salida, una conexión con el espacio exterior, con los otros cuerpos.
Esta idea se refuerza con otro elemento incluido: la hormiga. Diminuta frente a su contención y sin enterarse de ésta, continúa su vida mecanizada. Anónima y frágil, se enfrenta a su espacio protector sin conocerlo. Ha de continuar, por absurdo mandato, con una vida de autómata, donde el sentido de su finita existencia sólo pasa por eternizar la especie. Hay una pérdida de la libertad en su compleja organización social, una imposibilidad de elegir y una obligación a ser eficaces, obedientes y tenaces. Pero a pesar de devorar todo a su paso, son incapaces de traicionarse entre ellas, en pos de sobrevivir. A diferencia del ser humano, desconocen el individualismo.
Un último y tercer elemento, completa el concepto de la obra. La hormiga magnificada, situada en un nivel superior y central, ocupa un lugar de privilegio a pesar de ser igual a las demás. Metáfora de la triste decisión de las sociedades a idealizar un individuo, colocándolo en una situación de máximo poder, quizás olvidando que, en esencia, es exactamente igual a los otros. Sin embargo, tampoco ha podido escapar de la contención de la coraza, aquella fuerza más grande que excede su poder.
Pero esto no ha sido más que una de las posibles soluciones comunicativas. Fue consecuencia de un recorrido específico, un determinado espacio/tiempo, una particular representación del mundo. Seguramente los sentidos podrán cambiar. En mayor o menor grado, caprichosamente o no, las múltiples significaciones se irán creando en cada nueva visita.

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Con los ojos abiertos II, 1999.
Instalación. Hierro, cemento, resina, lupa, 300 x 1100 x 600 cm.
Obra expuesta en París.
Año V
Número 28