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Editorial
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Las Sobras
El panóptico: la mirada y el poder

por Lucas Misseri

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   En la sección denominada "El Panoptismo" del libro Vigilar y Castigar, Michel Foucault hace un trazado impecable de lo que implica la invención del panóptico. Se considera inventor de tamaño artificio a Jeremy Bentham, filosófo utilitarista inglés, quien lo describió junto con sus ventajas en su libro homónimo.

¿Qué es el panóptico? Originalmente la palabra define a una construcción arquitectónica dispuesta de modo tal que, si su base conforma un círculo, desde el centro se puede observar toda la periferia (del griego pan, todo; y optikon, del verbo optázo, ver). La característica más llamativa del panóptico no es sólo la economía en los observadores necesarios para ver la "totalidad", sino que este mismo observador no es visto.

Estas construcciones se pensaron primordialmente para cárceles, pero según destaca el pensador francés, se extendieron a las fábricas y las escuelas. En la prisión un solo observador controla a todos los presidiarios. Se pasa del modelo medieval de la oscuridad a uno de la luminosidad, de la visibilidad del apresado. Pero Foucault advierte que esa visibilidad es una trampa. Quien está preso "Es visto, pero él no ve; [es] objeto de una información, jamás sujeto en una comunicación".

Este me parece que es el punto más hórrido del panóptico, dado que ahí es donde está en juego la asimetría de la relación de poder entre el vigilante y el vigilado. Puesto que, incluso hasta en algunos momentos el mismo vigilante es prescindible, sólo hace falta que el vigilado, que no puede ver al vigilante, crea que él está allí. Esa creencia es estimulada por el dispositivo arquitectónico.

Foucault considera que probablemente Bentham se inspiró en un zoológico que tenía esa disposición en Versalles, de un tal Le Vaux. No obstante, considero que hay un antecedente del panóptico en Bacon y en Campanella, un siglo antes. Ese es el principal aporte de este pequeño escrito, dado que el estudio de Foucault es muy completo y bien documentado.

   Como decía, Francis Bacon y Tommaso Campanella (contemporáneos) fueron autores de utopías y filósofos proto-empiristas, con residuos del pensamiento mágico renacentista. Los dos notaron la relación entre el conocimiento y el poder. Son famosos los aforismos de Bacon que destacan esa relación, pero no ocurre lo propio con Campanella, quien afirmó en su De Monarquía Hispánica que "el conocimiento del mundo es la mitad de su posesión".

En su texto La Ciudad del Sol (1602-1623) Campanella, siguiendo a la Sforzinda diseñada por Filarete, traza una ciudad de base circular con siete murallas concéntricas. En el centro de los círculos, en el lugar del vigilante, el filósofo calabrés situó el templo. Esto es coherente con su pensamiento que considera que el gobierno terreno y divino debe recaer en una sola cabeza, la que denomina Hoh o Metafísico. No obstante, hay un aspecto distinto en el panóptico campanelliano: en la cara interna de las siete murallas, donde se situarían las celdas, ya no hay prisioneros, sino representaciones gráficas que conforman una enciclopedia natural y humanística del mundo. Todos los solarianos pueden ver las murallas, sobre todo los niños. Ésta es una forma particular del panóptico aplicado a la pedagogía.

En el caso de La Nueva Atlántida de Bacon (1627, póstuma), aparece la asimetría que no está presente explícitamente en Campanella. Este juego dialéctico entre ver sin ser visto y ser visto sin ver. Desde los antiguos griegos la visión está asociada al conocimiento. Incluso el término theoria, en una de sus acepciones, significa "visión"; lo mismo que el término "idea", que viene del verbo eido: ver, mirar, observar. De este modo, parece que el mejor mundo posible en una relación de poder está en conocer/ver sin ser conocido/visto. Exactamente eso es lo que sucede en la Nueva Atlántida.

En la isla imaginada por Bacon, los neoatlantes tienen un colegio denominado Casa de Salomón, que reúne a especialistas en diversas materias. Un número reducido de estos viaja anualmente de incógnito a distintos países, con nombres y nacionalidades falsas, para averiguar los avances científicos extranjeros. Los neoatlantes conocen pero sin ser conocidos, dado que mantienen una rígida política de aislamiento. Su isla es el panóptico del mundo.

Pese a que en la actualidad podría decirse que se reconoce la necesidad de abandonar el aislamiento y de compartir la información (es decir, dejarse ver para poder ver más, incluso más de nosotros mismos) esto no implica en absoluto el fin de los panópticos. Sin embargo, ya no son dispositivos arquitectónicos necesariamente, sino otro tipo de tecnologías. Hay satélites que pueden reconocer el movimiento de mis dedos mientras tecleo estas páginas, y que yo ni siquiera percibo. Hay millares de ojos que mirarán estas páginas. Todo lo que decimos queda registrado, cada uno de nuestros mensajes, nuestra voz, nuestras cartas de amor, nuestras discusiones, nuestros enojos ante los telemarketers. La única cura contra la paranoia pareciera consistir en refugiarnos en nuestra insignificancia, en pensar que el vigilante no da abasto para recordarnos a todos y revisar todos nuestros registros. Ahí podría llegar a haber un espacio para la libertad: cuando sabemos que el vigilante no mirará porque se aburre o porque tiene algo mejor que ver.

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Año IV
Número 25

NOTA de TAPA


Esther Cross.
"Fe ciega"

Lucas Misseri.
"El panóptico:
la mirada y el poder
"


Nahuel Haupt.
"El voyeurismo cultural"

Entrevista
"Festival Sexual"
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