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Fildemón Caversazzi
Básicamente, lo que aqueja a los detractores de la Posmodernidad es la incertidumbre. El no saber. El no poder saber. Esto se traduce en no tener las cosas bajo control, en enfrentarse a una elección permanente y prepotente que, como toda elección, trae consigo una dosis demasiado grosera de libertad. Con lo que podríamos continuar, en esta poco evolutiva línea de pensamiento, que a lo que se le teme es a la propia libertad de elegir. Y eso genera más incertidumbre todavía.
El círculo no se cierra, y ni siquiera es tal: nos hallamos frente a una espiral centrífuga que ya habíamos conocido cuando alguien, alguno de esos físicos energúmenos que se empeñan en complicarnos la existencia, nos habló de la entropía.
Lo que a mí me cuesta entender es por qué tantos intelectuales y grandes pensadores, respetables eminencias con años de debate académico y miles de charlas de café, suponen que todo esto tiene una connotación negativa. ¿Fragmentación que conduce al vacío, multiplicidad de elementos, perspectivismo agobiante, posibilidades infinitas? Sí, todo eso se vislumbra (ni el vacío ni el infinito son muy tangibles que digamos). ¿Y? ¿Acaso no es el momento más propicio para hacer cambios, para mutar en los radicales afluentes del río de Heráclito? Claro, queda el paradójico argumento de que, si todo cambia todo el tiempo, entonces nada cambia. Puede ser, puede ser (nótese el potencial posibilitante de esa oración).
Nuevamente: ¿y?
Es el síndrome de todas las puertas abiertas a la vez.
Quizá una de las claves sea animarse a salir, transitar el camino incierto y correr el riesgo de perderse, que probablemente no sea ni tan grave ni tan dramático como estamos acostumbrados a suponer. Tal vez sea preferible re-signarse a que ciertas leyes físicas existen, y que así como aceptamos la Ley de Gravedad interactuando con ella (sabemos que podemos volar, pero sólo un rato), podríamos comenzar a hacer algo similar con la entropía. Ordenemos los papeles dispersos, hablemos de fórmulas y de inamovibles conceptos que sirvan de pilares rígidos a esa sociedad que cada uno, en su narcisismo solipsista, intenta construir. Pero asumamos también que eso tenderá al caos, que el río (los ríos) nos van a llevar puestos, y que más adelante hay otras orillas que imaginamos, pero todavía no conocemos. 
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Año V
Número 26